Esta es una recopilación de algunas "malacrianzas" que he escrito y de algunas que escribiré durante los días y las noches que siguen. Perdonen las faltas de gramática, pero a los publicistas no nos enseñan esas cosas en la universidad. Ya me ocuparé yo de tomar los cursos respectivos. Espero que disfruten estas ocurrencias tanto como yo.

foto por James Christopher

martes, 16 de marzo de 2010

La poca maña de Juanito Alimaña.


"La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes como no, ya no hay quien salga loco de contento, donde quiera te espera lo peor" Juanito Alimaña, por Hector Lavoe.

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En estos días de encaminada decadencia, hasta los ladrones se están perrateando.
(Para mis "foreign readers", perratear significa en jerga colombiana, restar valor a una cosa y abaratarla volviéndola objeto popular.
Por ejemplo, Mrs. Britney Spears perrateaba canciones cuando las sacaba de su contexto y las volvía material para sus fans, como cuando se atrevió a interpretar esa gatuna y relamida versión de "Satisfaction" de los Rolling Stones).


Pero para no ahondar mucho más en cuestiones de jerga, sigamos con lo nuestro: El trabajo del ladrón se está perrateando.
¿A dónde se han ido esos ladrones ambiciosos, capaces de cavar kilométricos túneles como topos, buscando botines de millones de dólares?, caramba esque la mediocridad en este pueblo ha llegado a impregnar con sus perezosas manazas hasta los oficios más exigentes...

Ahora, la mayoría de ladrones se conforman con muy poco.

En un país donde todo el que no es rico, es pobre (porque la clase media es sólo una alucinación producida por sobredosis de horas laborales), son millones los que se enrolan en las atestadas filas de la vagabundería y el hurto calificado. Así, con las plazas agotadas, el negocio de los ladrones es cada día más particular.
Ya que los cupos en las organizaciones de ladrones serios están agotados, y ya que en el congreso y en la cámara no quedan más puestos para ladrones encorbatados; el resto de afanadores tiene que conformarse con lo que obtienen de las carteras, los morrales y los bolsillos de los desprevenidos transeúntes. Qué vida triste.

Aunque aquí le enseñen a uno a ser prevenido desde los 5 años (no le quites los ojos de encima a la lonchera en el recreo), la sobre-oferta de ladrones ha llevado a que ellos mismos se las ingenien de cualquier manera para poder robar. Lo que da risa, es que a la mayoría les sale el tiro por la culata, y para la muestra unos cuantos botones:

Una vez, cuando tenía como 19 añitos me fui a escuchar reggae a un antro subterráneo y sudoroso de Chapinero y claro, unos tipos me enmelocotaron invitándome a bailar para robarme la cartera, que estaba encima de una mesa. Lo que estos amigos de lo ajeno no sabían, esque ese día una amiga me había prestado plata para salir, porque en mi billetera sólo había una oxidada moneda de 100 pesos, es decir, yo estaba más pobre que los ladrones, a quienes recuerdo haber visto comprando cerveza (a mi ni siquiera me alcanzaba esa noche para una coca - cola).
Una vez se me pasó el mal genio, duré horas riéndome y pensando qué harían esos pobres ladrones con el contenido de mi cartera: un paquete de tampones, una billetera repleta de souvenirs de los metros europeos, fotos tipo pasaporte de mis amigos en sus mejores años de pubertad y un libro de Baudrillard que no entendía ni yo.
Espero que después de robarme la hayan pasado bien tratando de leer "el génesis en trampantojo" y que se hayan comprado al menos una menta con la monedita de cien pesos.

...

Hace unas noches subimos al carro de mi novio luego de estar en el gimnasio y pronto notamos que su maleta había desaparecido. Sí, adentro de un parqueadero privado, alguien había violentado la chapita del carro y había sacado la maleta. Vaya artimaña.
Lo que aquel ladrón no sabía, era que mi novio había sacado el celular, el Ipod y la billetera para llevarlos al gimnasio; lo que reducía el contenido de la maleta a una carpeta llena de partituras de música en portugués, un no tan buen libro de Edgar Allan Poe, un kit de marcadores para tablero blanco y un cuaderno con apuntes sobre armonía, gramática y teoría musical.
Despúes de consolar el disgusto, pasamos un buen rato imaginando qué carajos haría el ladrón con todo eso. Ojalá haya aprendido, por lo menos, a cantar la Garota de Ipanema.

...

Hace más de un año, en una congestionada tarde de enero, me encontraba yo andando por la calle como cucaracha en plaza de mercado, feliz, desempleada, masticando mamoncillo y escuchando al buen Rubén Blades en mis audífonos. Depronto frené el paso en una esquina para esperar a que cambiara el semáforo y en cuestión de segundos sentí que algo me salpicaba por detrás. Miré al cielo esperando que fueran gotas de lluvia, pero antes de bajar la cabeza una señora a mi lado ya estaba diciendo " ay mamita la vomitaron"...
...maldita sea...
...díganme que no es cierto...

Pero lo era, alguien me había vomitado y yo estaba parada en medio de la calle, con mi ultrajada humanidad llena de un menjurje ajeno, que olía y se veía como el vomito de alguien que había almorzado arroz con pollo, siendo el lugar común del asco y el motivo de repugnancia universal. En medio de mi confusión dos señoras muy "amables" me ayudaron a quitarme el abrigo y a limpiar la cartera, pero lo que yo no sabía es que mientras me atendían, ese par de bandidas me estaban sacando el Ipod del bolsillo.
Despúes de bañarme 3 veces seguidas, y de llorar hasta secar la última gota de humillación pensé: qué medicridad, si se tomaron el trabajo de vomitarme (por lo que supe después, es un vómito sintético, cuidadosamente fabricado con restos de comida y pegante) y si le metieron platica a la mezcla, por lo menos hubieran hecho el esfuerzo de sacarme más cosas de la cartera. Vamos, vomitar a la gente para sobrevivir merece un mejor resultado.
Ojalá las toneladas de jazz que tenía en el Ipod les hayan servido para aburrirse MUCHO. Desgraciados.
...

Tengo muchos otros botones que pegar a este retazo de hurtos, pero no quiero alargarme más. Sólo me queda pedir al gobierno que, ya que la delincuencia se está convirtiendo en un oficio más, se haga algo para mantener los estándares de calidad en el trabajo de los ladrones. Así las cárceles se llenarían sólo con delicuentes de verdad, de esos que hacen robos de película y no se sobre- poblarían con esa manada de mediocres que encarcelan por robarse un pinche celular. Si vamos a aguantar puñaladas, dosis de burundanga y cuchillazos, que no sea por unas pobres monedas que llevamos en el bolsillo. Si nos van a matar que no sea por mil pesos, no señor, nuestra vida vale mucho, pero mucho más.

Si estamos condenados a vivir entre delincuentes, ¡Porfavor, que alguien le enseñe a los ladrones a robar!

miércoles, 3 de marzo de 2010

Romance para el transporte público.

Hace rato quería dedicarle unos versos románticos al transporte público de Bogotá, pero no había encontrado el momento perfecto para sacar de mi todos esos sentimientos que afloraron (y terminaron cavando úlceras) en mi existencia, desde que la vida y la ubicación geográfica de mi casa me obligaron a viajar diariamente en buses ejecutivos, busetas y colectivos.

Pero ya que el paro de transportadores nos tiene hace tres días regresando a pie a casa y pensando más de lo necesario en los buses, aprovecho para tirar mi propia piedra en esta manifestación (si en vez de una piedra, pudiera lanzar una Molotov, estaría muy, pero muy satisfecha).

Cuando apenas era una universitaria no tenía mayor problema con los buses. De hecho mi prematuro, e iluso intento por encontrar belleza en la horripilancia me hacía pensar que esas mulas oxidadas tenían un pequeño encanto. Creo que intentaba pensar como esa manada de artistas idiotas que de un tiempo para acá decidieron que las busetas, las estampitas del divino niño y la virgen del carmen tenían que pasar de las calientes esquinas de la ciudad a las heladas paredes de los museos...claro la pobre cultura popular obligada a vestirse de gala. Cosa más horrible.
En fin, en mis primeros semestres, mi adolescente tendencia a lo "hippie" me llevó durante mucho tiempo a aceptar con un dejo de entusiasmo esos viajes en bus que duraban una hora de ida y otra de vuelta hasta mi casa. Claro, si en esa época llevaba mochila indígena y usaba esos pantalones que se ponen los cuenteros (que el infierno haga de las suyas con ellos); lo más acorde con mi woodstockiana vida era tolerar el viaje en bus como mi momento más pueblerino del día, como mi roce con la mugrienta realidad y con el infortunio de quienes no tienen para comprarse ni un Renault 4.
A los 18 años era muy fácil pensar que viajar en bus redimiría todos los pecados elitistas que cometí durante 13 años metida en un elegante colegio para niñas. Claro, si eres una hija de papi, requete - consentida y malcriada, pero montas en bus ejecutivo todos los días, estás perdonada. Como dicen los fieles, "El que peca y reza empata"... por todos los cielos, qué sandeces andaba pensando.

Pobre de mi. Y es que después de haber pasado toda mi infancia respirando agua de rosas en la burbuja de la alta sociedad, fue algo fuerte lo que sentí el primer día que me monté a un bus y una lata oxidada y fuera de su lugar me rasgó medio brazo en el primer frenón (afortunadamente me había vacunado contra el tétano). Bajo mi -todavía positivo- pensamiento, esto era mucho más emocionante que ver a las culicagadas de pre - escolar pegando los mocos debajo de la silla en la ruta del colegio.
Así pasé toda mi vida universitaria, viajando en destartalados buses en los que el exosto exhalaba hacia adentro. Hipnotizada (y muy mareada) por el perfume de mis vecinas de asiento, iba y venía sumida en cualquiera que fuese el cd en mi Discman®, tarareando eternamente con mis dedos a Mongo Santamaría, a Ray Barreto y al necio del Willie Colón.

Sin embargo, con los años mis maneras hippies se fueron extinguiendo casi hasta desaparecer, y ahora que no voy a la universidad sino a la oficina, me he dado cuenta de cuán martirizantes eran en realidad (y siguen siendo) mis travesías en bus por las caudalosas (sobretodo cuando llueve) avenidas bogotanas.
A mis 25 años la vida se ha encargado de darme las puñeteras necesarias como para disminuir significativamente mi grado de tolerancia hacia esas cosas que atentan contra mi tranquilidad (carajo, a esta edad ya uno no se preocupa por encontrar la felicidad, sino por conservar la pocos milímetros que quedan de tranquilidad, qué chochera).
El caso es que el transporte urbano no sólo atenta contra mi paz interior, sino que atenta contra mi vida entera y ahora no puedo hacer más que odiarlo, no un poquito, sino con todas mis fuerzas.

Para empezar está la cuestión del clima. Así llueva, truene, relampaguee o haga un solazo de pacotilla, el clima adentro de una buseta siempre está más caliente que afuera... bueno, en verdad es una temperatura tibia, lo que significa: fría pero recalentada a la fuerza por el aliento de tantos cuerpos juntos. Cuando esta tibieza se riega por entre las bancas y empaña los vidrios, lo apenas lógico es que se abrieran las ventanas para renovar el aire, pero NO, parece que los bogotanos disfrutaran como zarigueyas recién nacidas, de ese aire de mamífero reposado. Nadie abre las ventanas y el bus siempre huele a gente recién salida de la cama. (cuando hay bebés a bordo huele a sábana con vomitico).

Por otro lado están los conductores, si es que se les puede llamar así.
Siendo todos pilotos de Ralley en potencia, han desarrollado una habilidad especial con el timón y es, girarlo como si fuera timón de velero. Es como ir esquivando un maremoto, lo cual hace que mantenerse en pie (porque la mayoría de las veces se viaja de pie) sea una difícil tarea, algo así como tratar de surfear en inmensas olas. Lo malo es que en el bus no hay olas sino mucha gente, lo que significa que los brazos, piernas y cabelleras se conviertan en tentativos sitios de agarre para evitar una posible caída (me he ganado varios insultos por usar a otros pasajeros como agarradera).
Los conductores de bus en bogotá deberían juntarse para audicionar al Cirque Du Soleil, al fin y al cabo la maroma de manejar un colectivo, recibir el dinero de los pasajeros y sintonizar la emisora de vallenatos al tiempo es, además de una riesgosa payasada, un acto digno de ser presentado en cualquier circo. Si esto falla podrían aprovechar su gran talento en la riña callejera (del cual les gusta alardear en frente de sus pasajeros), y audicionar en la modalidad "libre" de la World Wrestling Federation, esa en la que se permite integrar a la lucha libre elementos como crucetas, gatos o el kit de carreteras entero.

De los vendedores ambulantes que trabajan en los buses no diré mucho por respeto a la humanidad. Ya que todos cuentan la misma historia: la de la esposa enferma, la de la familia desplazada, la de la madre adolescente; y como cada cuento me parece más bullshit que el otro, he optado por darle monedas sólo a aquellos que logren cambiarme la expresión a "sad mode" con un despliegue actoral de padre y señor nuestro.

No soy una persona justa, lo sé.

Pero es que simplemente detesto andar en bus, porque los ayudantes de los conductores me morbosean a diario, porque en cada tubo del que me agarro pueden estar sembradas todas las cepas del virus porcino, del herpes y quien sabe qué otras cosas, porque los niños siempre babean las sillas, porque los choferes me llevan como quien arrea vacas al establo, porque me toca rozar mis tiernitas carnes contra los opulentos miembros de otros hombres y mujeres, porque me han visto la cara de idiota robándome ipods y celulares en mis narices, porque una vez me encontré olvidado debajo de mi asiento, un frasco de vidrio donde yacía enrollada una culebra en formol.

Por mi que se acabe el paro, porque esta ciudad está a punto de servir de escenario para cualquier película apocalíptica, pero en lo que respecta a los buses, que no vuelvan a salir nunca más, que los chatarrizen a todos, que hagan un nuevo centro comcercial en el sur con todas esas latas oxidadas y que pongan a los conductores en el valet parking.

(repito, no soy una persona justa...lo sé).









miércoles, 10 de febrero de 2010

El mundo cabe entre mi cartera.


Novio (de mal genio) dice: "¡Tú por qué no contestas el celular!"
Novia (resignada) responde: "Es que no lo encontré en la cartera"

A esto, el novio/marido/juguete de turno, siempre responde con una marejada de acusaciones en contra de la cartera. Según ellos, ese gran bolso es el culpable del hoyo negro en la comunicación conyugal y además es el responsable directo de las demoras en cualquier diligencia que ivolucre una billetera, unas gafas, un pañuelo, o en el peor de los casos un condón (para esos oficios es mejor tener siempre los útiles a la mano).

Los hombres parecen experimentar una clase de karma cada vez que deben esperar a que su mujer encuentre algo en su enorme cartera. Es una verdadera prueba de paciencia en la batalla sexual que libran la practicidad (de los hombres) y el lujo del detalle (de las mujeres).

Es injusto que un hombre que creció soñando con el Gato Félix y su mágica cartera amarilla, ahora se dedique a torcer los ojos cada vez que a su mujer se le refunden las llaves entre el bolso. Pero bueno, creo que ya todas estamos acostumbradas a soportar ese hálito de toro embanderillado que los tipos exhalan cuando hacemos mariposear nuestras angustiadas manos para buscar algo adentro de la cartera.

Haciendo gala de nuestra naturaleza, las mujeres que usamos carteras grandes vamos por la tierra como una nueva generación de Mary Poppins, irrigando con nuestra feminidad hasta las canaletas más podridas de este mundo y cargando bajo el brazo una afirmación, un

"sí, soy complicada ¡y qué!"


Pero veamos de una vez por todas, qué carajos es lo que hay adentro de las carteras.
Sí, démosle un batazo a la caja de pandora y dejemos que vayan apareciendo en su máximo esplendor, todos y cada uno de esos secretos que las mujeres guardamos en nuestras madrigueras portátiles.

Sépase que:

Una gran cartera es una versión reducida en espacio de una miscelánea de barrio. Allí se pueden encontrar desde versiones muy "chick" de botiquines, hasta toda clase de corotos en sus versiones "mini": mini cepillo de dientes, mini crema de manos, mini tarro de Listerine, mini dosis de Calvin Klein, mini dosis de Jack Daniels, mini hash pipes, mini vibradores, etc. Todo esto está guardado en pequeñas constelaciones de carteritas de todos los tamaños, colores y texturas, que flotan en un universo paralelo llamado el "Por si acaso", que funciona así:

"Por si acaso" se me acaba el chap stick, guardo un pote de crema de caléndula y otra barra de labial medicado para labios con extrema resequedad, por si acaso el frio comienza a hacer de las suyas en algún momento del día. Pero por si acaso me sale al paso un evento nocturno no identificado, cargo labiales suficientes para pintorretearle los labios a todas mis versiones: rojo cereza para mi Yo puta, rosa pálido para mi Yo morronga y por supuesto, carmín oscuro para mi Yo vampira, que de vez en cuando chilla para poder salir. Por si acaso me llega la regla antes de tiempo, guardo en otra carterita un número razonable de tampones (por razonable entiéndase: los suficientes para surtir a mis amigas cuando estén en problemas), llevo unos gruesos para los primeros días, otros más delgados para la última etapa y toallitas de todos los tamaños, porque hay que tener en cuenta todas formas de calzón, el de abuelita, la tanga brasilera, el boxer y el bombacho. Además, para agrupar en una sola carterita lo que concierne al área vaginal, llevo las pastillas anticonceptivas, por si acaso estoy fuera de casa a la hora de la toma. Y por si acaso estoy de suerte, guardo ahí uno o dos condones (si guardo tres ya van a pensar que tengo problemas para cerrar las paticas), en caso de soltería tienden a ser usados, pero si la cuestión es de vida en pareja, se convierten más en babosos recuerdos de viejas correrías. Por si acaso me da cólico, o dolor de cabeza, guardo pastillas en otra carterita, también cargo las pepas para las alergias, por si acaso me topo con algún agente que haga reaccionar exageradamente mis defensas, y por si acaso me da el ataque de asma meto las goticas del homeópata, el inhalador y además un tarro de lárgimas naturales. Por si acaso me quedo sin compañía al almuerzo, cargo en la cartera el libro que estoy leyendo, pero por si acaso se me acaba antes de que me sirvan la sopa, cargo la revista de moda que me robé de la peluquería. Para leer cargo mis gafas para el astigmatismo, pero por si sale el sol cargo las gafas oscuras, pero por si acaso mi atuendo no coordina con el color negro de las gafas, cargo unas de carey, que van con cualquier color.
Por si acaso cargo las llaves de mi casa, junto a las del carro, las de el baño de la oficina y las del locker del gimnasio, con un ruidoso llavero repleto de colgandejos para encontrarlas fácilmente. Por si acaso cargo mi billetera, pero también un monedero para meter las monedas para el bus, también cargo un cuaderno para anotaciones serias y una liberta más pequeña y florida para anotaciones que requieran rapidez, como direcciones o teléfonos. En cuanto a los lápices, cargo un bolígrafo elegante, por si acaso tengo reunión en la oficina y otro más barato cuya pérdida nunca será una pena. Celular, ipod, GPS, Pepper Spray y todos los demás mini electrodomésticos también tienen sus propias órbitas en esta galaxia.

Ahora ya lo saben... y esto es sólo una pequeña parte.

"Por si acaso" algún día no me vuelven a ver, no se preocupen por mí, seguramente me perdí a mi misma mientras buscaba algo entre mi cartera.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Sala de maternidad

Fotografía de Jan Saudek


Si algún día me animo a traer un niño al mundo, ¿alguien me podría garantizar que no va a hablar con el acento genérico de Discovery Kids, o si es niña, alguien me podría asegurar que no va a querer jugar a imitar a aquellas prostitutas en miniatura llamadas Bratz?

Si alguien me garantizara que mis retoños van a tener por lo menos una posibilidad de ser medianamente cuerdos, sencillos y sobre todo NIÑOS, alguna vez en sus vidas; sacaría sin pensarlo la escoba y barrería de mi cabeza todas las dudas que, con respecto al tema de la maternidad, me atacan últimamente.

Desafortunadamente a los 25, algún botón de esos raros que tiene el cuerpo empieza a prender las alertas. Es como si me dijera "hey, sabes que ese arrumaco de órganos que tienes ahí abajo son algo más que una maquinita de placer" y lo comparto, un aparato tan perfecto de seguro me fue dado junto a alguna de esas misiones a las que me apunté cuando me mandaron a respirar en este mundo.

Pero ultimamente esa conocida misión de ser mamá me causa total desconcierto.

Debo aclarar que soy amante de los bebés, no me importan los mocos, ni el vomitico lechoso, ni el popito aguado. Apenas tengo cerca a una salchichita de esas, hago de todo para tenerla en mis brazos.
Alguna vez, cuando estuve perdida en los laberínticos bosques de la depresión, opté por enrolarme como voluntaria en una fundación de niños huérfanos. Mi tarea diaria era ir a consentir bebés entre los 6 y los 12 meses, cosa que me hizo inmensamente felíz y me ayudó mucho a aliviar esas náuseas que producen los caminos cuando parecen no tener salida.

Así que siempre he sido fan de los muñequitos, pero ahora que empiezo a pensar más objetivamente en este tema, debo confesar que mi futura maternidad podría estar parada en la cuerda floja.
Cada vez que me reúno con mis primas pequeñas y las oigo hablar con ese acento genérico de Discovery Kids digo, "Dios guarde a mis hijos de sucumbir al acento castellano de Lazy Town" y es que es tan feo que mis primas no puedan decir simplemente "Lina, ven a jugar con nosotras" y en cambio salgan con un "Ven amiga Lina, vamos todas juntas a hacer travesuras".

Me niego.

Me da miedo.

Sí, tengo miedo de traer niños a ESTE mundo. Tengo miedo de que nunca vayan a ser niños, porque después de ver en la tele a los Jonas Brothers o a Miley Cyrus sólo van a querer ser perfectas estrellas del Pop. Tengo miedo, porque si trato de enseñarles a disfrutar un libro, a practicar algún deporte en vez de jugarlo en el Wii, o si no les quiero comprar un Blackberry a los 10 años, siempre van a ser los loosers de la clase, los retardados, los desinformados, los bobitos. Tengo miedo de que sólo quieran alimentarse de Mc Donalds, de que los diagnostiquen desde los 5 meses con déficit de atención, de que me los manden al psicólogo desde los 6 años. Tengo miedo de que sufran de stress desde los 8 y de que a los 9 ya sepan encontrar porno en internet. No quiero que pasen más horas con la empleada del servicio que conmigo.

Ya sé que puedo moldear sus cabecitas para que sean todo eso que yo catalogo como "bueno", pero tengo miedo de no poderlos proteger contra este mundo, que con todo su ímpetu convierte ese "bueno" en "bobo".
Yo quiero niños sucios, mocosos, reales, necios y por sobre todas las cosas INOCENTES, pero me desanima saber que esa palabra ya no existe ni en las sopas de letras y ha sido extraída de todas las dietas infantiles.

...Bueno...Apenas tengo 25, así que dada la pesadez del tema (y para no asustar a nadie), dejaré esta encrucijada inconclusa, pondré la cuestión en manos de algún tribunal divino y me dedicaré a disfrutar plenamente de estos años de salarios libres de rentas y facturas, de responsabilidades superficiales y de relaciones sin pañales.

Creo que por ahora seguiré tomándome juiciosa la pastillita.

miércoles, 27 de enero de 2010

De mis fiestas patronales.




Ultimamente se me anda saliendo el pueblo por los poros.


...Aunque no siempre fue así...

Cuando estaba chiquita siempre me avergonzó no haber nacido en Bogotá como todas las niñas con las que estudié en el colegio; me avergonzaba haber nacido en un pueblo cuyo nombre nadie había escuchado antes y sobre todo me apenaba tremendamente que mis amigas se burlaran de mi cuando me oían hablar por teléfono en mi mejor acento costeño/sabanero con mi empleada del servicio quien, por supuesto, es de un pueblo vecino al mío.

Cada vez que alguien me preguntaba dónde nací, yo vacilaba un poco antes de dar la respuesta, pequeñas gotas de sudor me inundaban las palmas de las manos y entre sonidos guturales lo escupía finalmente: "yo nací en Cereté"...

A esto siempre seguía un ¿¿¿¿¿¿¿ dóóóóóóóndddeee?????? que calaba en mi cerebro con todos sus ecos y retumbaba en mi pendeja reputación como un letal campanazo.
Acto seguido me ponía siempre en la tarea de explicar con lujo de detalles la ubicación geográfica, piso térmico, altura sobre el nivel del mar y particularidades culturales de mi tierra natal, lo que se traducía en: es el segundo pueblo más grande y próspero (esto último se dice sólo por amor) del departamento de Córdoba, con una temperatura promedio de 35º a la sombra, dependiente de la ganadería y la agricultura, y por supuesto, tierra de corralejas y porros sabaneros, de vallenato endemoniado y mujeres carnuditas (cabe aclarar que, en la sociedad en la que me crié, la idea de un porro sabanero resultaba igual o más exótica y suscitaba aún más preguntas, que el mismo nombre de mi tierra).
Después con elevados aires de poetisa afirmaba: "Cereté tiene mucho de Macondo y Macondo tiene mucho de Cereté".

Yo no nací en Cereté por casualidad, ni por cosas del destino, sino porque así debía ser. Toda mi consanguinidad materna pertenece a esas tierras sabaneras.
No sé por qué a mis padres les pareció un buen plan irse a vivir a un pueblo (después de haber vivido todas sus vidas en ciudades) y parirme allá. Los avances de la ciencia cereteana fueron los responsables de que yo haya nacido con un día de atraso y de que el primer tramo de la cesárea se haya trazado en la panza de mi santa madre sin una gota de anestesia.

Toda mi infancia estuve avergonzada de mis raíces, pero gracias a que crecí en Bogotá pude disimular mi naturaleza pueblerina y penetrar con naturalidad en todos los círculos sociales. Mi figura lánguida, ojerosa y mi falta de carnes, me ayudaron a parecer oriunda de cualquier otro lugar. Aprendí a hablar como todas las niñas "bien" de la ciudad, y adopté con destreza todos los ademanes y gestos de alguien que nació en la Clínica del Country.

Sin embargo bastaba con entrar por la puerta de mi casa para darse cuenta de mis coloquiales costumbres, empezando por la Kola Román como única bebida en la mesa, el arroz con pollo servido con un banano recién pelado, la chicha de corozo en la nevera, los bollos de maíz, las galletas de pueblo (de limón), la pulpa de tamarindo y todas las encomiendas que generosamente enviaban mis parientes desde Cereté.

Pero fue sólo hasta hace unos años que logré quitarme esa tremenda idiotez de encima. A medida que pasó el tiempo logré despojarme de ese complejo tan imbécil con el que me crié.
Aunque mis caderas nunca se ensancharon como las de las costeñas, mis boobies no crecieron jugosas y encerradas en ropa apretada, y aunque todavía prefiero el silicio antes de ir a un concierto de vallenatos; ahora sé que la dosis de pueblo que viaja por mis venas puede resultarme muy útil si la dejo correr con cautela por mi vida. Es cuestión de sacarle el provecho necesario, explotar eso de la malicia, sentir placer en el sofoco, soñar con siestas milenarias, hacer del mecedor un trono y del abanico el mejor de los amigos.

Carajo, qué lindo.


La próxima vez que alguien me pregunte dónde nací, lo diré con cojones, recitaré un verso de mi paisano Gómez Jattin y cantaré esa canción de Lisandro Mesa que dice:

"Con un guayabo llegué a la Yé, emparrandado a Sahagún yo entré y las muchachas como lloraban, cuando me fui para Cereté".



lunes, 18 de enero de 2010

La venganza de los Nerds "Reloaded"


No suelo dar muchas quejas con respecto a la moda, porque generalmente voy flotando en sus tibias corrientes, untándome de cuanta cosa sale nueva y cambiando mi armario a la velocidad con la que cambia el ímpetu de los diseñadores.
Sin embargo, hace unos meses, mientras disfrutaba de mi plácido viaje río abajo, me tropecé con una bandada de "gafufos" que por poco me hacen salir huyendo de las aguas plateadas para nunca más bañarme en ellas.
Al principio creí que eran sólo una manada de nerds sueltos de madrina, que se multiplicaban como conejos bailando en las discotecas con sus enormes gafas de marco negro. Me pregunté si serían discípulos de Woody Allen, o tal vez de Le Corbusier, así justificaría el origen de esos inmensos lentes, con un argumento razonable (no me pareció tan descabellado pensar que alguien rinda homenaje a otra persona usando sus mismas gafas. Al fin y al cabo todos los mamertos de la universidad pública siempre han rendido homenaje a Lennon usando esas gafas perfectamente redonditas) pero no encontré justificación para semejante payasada.

Lo que pasa es que no entiendo este nuevo concepto de nerds - basura, es decir todos los bobitos y pendejitas que usan estas gafas andan vomitando aguardiente en cada esquina, moviéndose como rockstars en las mejores discotecas y claramente, ninguno pertenece a algún club de álegbra o ajedrez.
También los hay middle age: los gafufos más creciditos generalmente pertenecen a ese odioso gremio de fotógrafos, "artistas" y figurines colombianos que con poca humildad y mucha arrogancia se riegan en prosas "conceptuales" para hacerse notar. Me pregunto si a través de semejantes gafas estos personajes no alcanzan a ver que quienes hacen arte de verdad, son los que menos se visten como artistas. (esto lo leí en algún lado, estoy parafraseando una idea que me encantó).

Además de causarme repelencia, debo aceptar que me divierte en cierto grado malicioso ver a esos gafufos re flacos que se ahorcan abotonándose la camisa hasta el cuello y usando esas corbatitas como las del cantante de The Killers (sólo a él se las perdono, no por buen cantante, sino por churrote), bailando a sus anchas, orgullosos de llevar las gafas que robaron a sus abuelos. Y aún más divertido es ver a las niñas gafufas que seducen a cualquiera mirando por encima del marco, haciéndose las torpes, torciendo los pies cuando les toman fotos. Pareciera que tuvieran su propio manual de seducción, en el que las grandes gafas de marco negro son más efectivas que cualquier labio rojo o escote profundo.

Yo todavía no logro comprender del todo cómo es que pudo haberse propagado tanto esta moda nerd, si en mis tiempos ser gafufo era un motivo de rechazo. Llevar esas grandes gafas de marco negro era símbolo de una pobre vida, que sólo encontraba refugio en los clubs de fans oficiales de Star Trek y en los rincones más oscuros de todas las fiestas, a donde no llegaba ni el sonido de la música. Pero parece que ahora ser nerd es de lo más popular.

El otro día intenté ponerme unas de esas grandes gafas de marco negro, a ver si me hacían lucir como si acabara de ver una maratón de Wong Kar Wai, o como si hubiera estado oyendo Sigur Ros por horas, pero lo único que conseguí fue una versión atontada de mi misma. Me veía total y absolutamente boba.

Creo que eso de ser nerd for free, definitivamente no va conmigo.

miércoles, 6 de enero de 2010

"Su solicitud de visa ha sido denegada"

Ser colombiana nunca me había molestado antes. De hecho desde niña siempre disfruté las bondades de la sangre caribeña, bailando prodigiosamente la cumbia cienaguera en las presentaciones del colegio y desayunando con níspero y zapote todas las mañanas de mis vacaciones.
Ser colombiana me trajo uno que otro admirador durante un summer camp en Toronto, en donde los canadienses me miraban como si fuera un animalito de contrabando y despertó el interés de otros buitres y aves de rapiña cuando viví en Buenos Aires. A mi desorbitado ego le sentaba muy bien la colombianidad.

Pero un día decidí viajar a europa y entonces quise vaciarme las venas para llenarlas con sangre de otro país.

No entiendo a qué se refieren quienes afirman que la peor desgracia de un colombiano es la violencia y de ahí todo lo que desencadena, que no me voy a poner a repetir aquí. No lo entiendo, porque hace poco me dí cuenta que la peor desgracia de un colombiano es tener que pedir una visa (sólo hay 15 países en el mundo que no exigen visa a los colombianos)

Decidí pedir una visa Schenguen por intermedio del consulado Español. GRAVE ERROR.
Es mi castigo por leer el periódico sólo cuando me ataca la aburrición. Si lo leyera a diario sabría que más de la mitad de los colombianos que logran ir a España son incubadores de todo tipo de delitos y malas mañas.
Así que llegué al consulado Español en Bogotá, con una atadura de nudos en el cuello gracias a todos los papeles que tuve que reunir en pocos días, y me ví rodeada de toda clase de personajes, en su mayoría de esos que se pueden encontrar retratados en los carteles de "Se Busca". Sentí inseguridad, pero había ordenado mis papeles con un cuidado inusual, así que me tranquilicé.

la funcionaria, una española amable pero bastante impaciente, recibió mis papeles, los ojeó y mientras fruncía el ceño, comencé a sospechar que algo andaba mal. Miré a mi novio, a quien la señora interrogaba con malicia acerca de sus viajes a Rusia, y él estaba igual de confundido. (Luego nos reímos de esas preguntas, pensando que lo habrían tildado de físico cuántico o comunista).

La vieja nos miró con un dejo de sobradez y nos pidió que regresáramos en 8 días para conocer el veredicto del consulado.

Durante esos días hice toda clase de ejercicios mentales de esos que me enseñó mi sicólogo para convencerme de que la respuesta sería positiva. De hecho fui muy honesta con mis papeles, declaré mis ingresos, mostré mis cartas laborales y demás exigencias. Estaba hasta orgullosa de mi corta historia bancaria y de toda la plata que ahorré llevando el almuerzo en porta - comidas a la oficina.

A los 8 días volví al consulado español. A medida que ancianitas, delicuentes y puticas recibían sus veredictos, me sudaba la parte de atrás de las rodillas y las dudas bajaban como truenos por mi panza. "Su solicitud de visa ha sido denegada" nos gritó el encargado antes de que pudieramos llegar si quiera a su puesto. Nos recitó nuestros derechos como si nos acabaran de condenar a cadena perpetua y como premio de consolación dejó abierta la oportunidad de apelar.

Apelar mi trasero.

Lo que más me molesta de todo esto, además de haberme quedado sin vacaciones y haber perdido 400 euros en pasajes de Madrid a París y Barcelona; es lo que pensé cuando el gordo del consulado nos rechazó: Quisiera haber nacido en otro país. Qué dolor, hasta ahora mi colombianidad me había hecho ganar muchos puntos, pero esta vez todo fue una gran pérdida. Maldije a mi patria, quise quemar mi bandera, y despotriqué contra ese ancestro, general del ejército español que en las épocas de la colonia vino a parar a esta tierra para regar por toda ella las semillas de mi ascendencia.

Pospuse el viaje para el próximo verano europeo, pero estoy pensando, que en vez de volver a pedir la visa, sería más fácil construir una réplica del navío de la Santa María y atravesar el atlántico a punta de vela, hasta llegar allá.

Al fin y al cabo el papeleo y la marea dan las mismas ganas de vomitar.