Esta es una recopilación de algunas "malacrianzas" que he escrito y de algunas que escribiré durante los días y las noches que siguen. Perdonen las faltas de gramática, pero a los publicistas no nos enseñan esas cosas en la universidad. Ya me ocuparé yo de tomar los cursos respectivos. Espero que disfruten estas ocurrencias tanto como yo.

foto por James Christopher

miércoles, 10 de febrero de 2010

El mundo cabe entre mi cartera.


Novio (de mal genio) dice: "¡Tú por qué no contestas el celular!"
Novia (resignada) responde: "Es que no lo encontré en la cartera"

A esto, el novio/marido/juguete de turno, siempre responde con una marejada de acusaciones en contra de la cartera. Según ellos, ese gran bolso es el culpable del hoyo negro en la comunicación conyugal y además es el responsable directo de las demoras en cualquier diligencia que ivolucre una billetera, unas gafas, un pañuelo, o en el peor de los casos un condón (para esos oficios es mejor tener siempre los útiles a la mano).

Los hombres parecen experimentar una clase de karma cada vez que deben esperar a que su mujer encuentre algo en su enorme cartera. Es una verdadera prueba de paciencia en la batalla sexual que libran la practicidad (de los hombres) y el lujo del detalle (de las mujeres).

Es injusto que un hombre que creció soñando con el Gato Félix y su mágica cartera amarilla, ahora se dedique a torcer los ojos cada vez que a su mujer se le refunden las llaves entre el bolso. Pero bueno, creo que ya todas estamos acostumbradas a soportar ese hálito de toro embanderillado que los tipos exhalan cuando hacemos mariposear nuestras angustiadas manos para buscar algo adentro de la cartera.

Haciendo gala de nuestra naturaleza, las mujeres que usamos carteras grandes vamos por la tierra como una nueva generación de Mary Poppins, irrigando con nuestra feminidad hasta las canaletas más podridas de este mundo y cargando bajo el brazo una afirmación, un

"sí, soy complicada ¡y qué!"


Pero veamos de una vez por todas, qué carajos es lo que hay adentro de las carteras.
Sí, démosle un batazo a la caja de pandora y dejemos que vayan apareciendo en su máximo esplendor, todos y cada uno de esos secretos que las mujeres guardamos en nuestras madrigueras portátiles.

Sépase que:

Una gran cartera es una versión reducida en espacio de una miscelánea de barrio. Allí se pueden encontrar desde versiones muy "chick" de botiquines, hasta toda clase de corotos en sus versiones "mini": mini cepillo de dientes, mini crema de manos, mini tarro de Listerine, mini dosis de Calvin Klein, mini dosis de Jack Daniels, mini hash pipes, mini vibradores, etc. Todo esto está guardado en pequeñas constelaciones de carteritas de todos los tamaños, colores y texturas, que flotan en un universo paralelo llamado el "Por si acaso", que funciona así:

"Por si acaso" se me acaba el chap stick, guardo un pote de crema de caléndula y otra barra de labial medicado para labios con extrema resequedad, por si acaso el frio comienza a hacer de las suyas en algún momento del día. Pero por si acaso me sale al paso un evento nocturno no identificado, cargo labiales suficientes para pintorretearle los labios a todas mis versiones: rojo cereza para mi Yo puta, rosa pálido para mi Yo morronga y por supuesto, carmín oscuro para mi Yo vampira, que de vez en cuando chilla para poder salir. Por si acaso me llega la regla antes de tiempo, guardo en otra carterita un número razonable de tampones (por razonable entiéndase: los suficientes para surtir a mis amigas cuando estén en problemas), llevo unos gruesos para los primeros días, otros más delgados para la última etapa y toallitas de todos los tamaños, porque hay que tener en cuenta todas formas de calzón, el de abuelita, la tanga brasilera, el boxer y el bombacho. Además, para agrupar en una sola carterita lo que concierne al área vaginal, llevo las pastillas anticonceptivas, por si acaso estoy fuera de casa a la hora de la toma. Y por si acaso estoy de suerte, guardo ahí uno o dos condones (si guardo tres ya van a pensar que tengo problemas para cerrar las paticas), en caso de soltería tienden a ser usados, pero si la cuestión es de vida en pareja, se convierten más en babosos recuerdos de viejas correrías. Por si acaso me da cólico, o dolor de cabeza, guardo pastillas en otra carterita, también cargo las pepas para las alergias, por si acaso me topo con algún agente que haga reaccionar exageradamente mis defensas, y por si acaso me da el ataque de asma meto las goticas del homeópata, el inhalador y además un tarro de lárgimas naturales. Por si acaso me quedo sin compañía al almuerzo, cargo en la cartera el libro que estoy leyendo, pero por si acaso se me acaba antes de que me sirvan la sopa, cargo la revista de moda que me robé de la peluquería. Para leer cargo mis gafas para el astigmatismo, pero por si sale el sol cargo las gafas oscuras, pero por si acaso mi atuendo no coordina con el color negro de las gafas, cargo unas de carey, que van con cualquier color.
Por si acaso cargo las llaves de mi casa, junto a las del carro, las de el baño de la oficina y las del locker del gimnasio, con un ruidoso llavero repleto de colgandejos para encontrarlas fácilmente. Por si acaso cargo mi billetera, pero también un monedero para meter las monedas para el bus, también cargo un cuaderno para anotaciones serias y una liberta más pequeña y florida para anotaciones que requieran rapidez, como direcciones o teléfonos. En cuanto a los lápices, cargo un bolígrafo elegante, por si acaso tengo reunión en la oficina y otro más barato cuya pérdida nunca será una pena. Celular, ipod, GPS, Pepper Spray y todos los demás mini electrodomésticos también tienen sus propias órbitas en esta galaxia.

Ahora ya lo saben... y esto es sólo una pequeña parte.

"Por si acaso" algún día no me vuelven a ver, no se preocupen por mí, seguramente me perdí a mi misma mientras buscaba algo entre mi cartera.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Sala de maternidad

Fotografía de Jan Saudek


Si algún día me animo a traer un niño al mundo, ¿alguien me podría garantizar que no va a hablar con el acento genérico de Discovery Kids, o si es niña, alguien me podría asegurar que no va a querer jugar a imitar a aquellas prostitutas en miniatura llamadas Bratz?

Si alguien me garantizara que mis retoños van a tener por lo menos una posibilidad de ser medianamente cuerdos, sencillos y sobre todo NIÑOS, alguna vez en sus vidas; sacaría sin pensarlo la escoba y barrería de mi cabeza todas las dudas que, con respecto al tema de la maternidad, me atacan últimamente.

Desafortunadamente a los 25, algún botón de esos raros que tiene el cuerpo empieza a prender las alertas. Es como si me dijera "hey, sabes que ese arrumaco de órganos que tienes ahí abajo son algo más que una maquinita de placer" y lo comparto, un aparato tan perfecto de seguro me fue dado junto a alguna de esas misiones a las que me apunté cuando me mandaron a respirar en este mundo.

Pero ultimamente esa conocida misión de ser mamá me causa total desconcierto.

Debo aclarar que soy amante de los bebés, no me importan los mocos, ni el vomitico lechoso, ni el popito aguado. Apenas tengo cerca a una salchichita de esas, hago de todo para tenerla en mis brazos.
Alguna vez, cuando estuve perdida en los laberínticos bosques de la depresión, opté por enrolarme como voluntaria en una fundación de niños huérfanos. Mi tarea diaria era ir a consentir bebés entre los 6 y los 12 meses, cosa que me hizo inmensamente felíz y me ayudó mucho a aliviar esas náuseas que producen los caminos cuando parecen no tener salida.

Así que siempre he sido fan de los muñequitos, pero ahora que empiezo a pensar más objetivamente en este tema, debo confesar que mi futura maternidad podría estar parada en la cuerda floja.
Cada vez que me reúno con mis primas pequeñas y las oigo hablar con ese acento genérico de Discovery Kids digo, "Dios guarde a mis hijos de sucumbir al acento castellano de Lazy Town" y es que es tan feo que mis primas no puedan decir simplemente "Lina, ven a jugar con nosotras" y en cambio salgan con un "Ven amiga Lina, vamos todas juntas a hacer travesuras".

Me niego.

Me da miedo.

Sí, tengo miedo de traer niños a ESTE mundo. Tengo miedo de que nunca vayan a ser niños, porque después de ver en la tele a los Jonas Brothers o a Miley Cyrus sólo van a querer ser perfectas estrellas del Pop. Tengo miedo, porque si trato de enseñarles a disfrutar un libro, a practicar algún deporte en vez de jugarlo en el Wii, o si no les quiero comprar un Blackberry a los 10 años, siempre van a ser los loosers de la clase, los retardados, los desinformados, los bobitos. Tengo miedo de que sólo quieran alimentarse de Mc Donalds, de que los diagnostiquen desde los 5 meses con déficit de atención, de que me los manden al psicólogo desde los 6 años. Tengo miedo de que sufran de stress desde los 8 y de que a los 9 ya sepan encontrar porno en internet. No quiero que pasen más horas con la empleada del servicio que conmigo.

Ya sé que puedo moldear sus cabecitas para que sean todo eso que yo catalogo como "bueno", pero tengo miedo de no poderlos proteger contra este mundo, que con todo su ímpetu convierte ese "bueno" en "bobo".
Yo quiero niños sucios, mocosos, reales, necios y por sobre todas las cosas INOCENTES, pero me desanima saber que esa palabra ya no existe ni en las sopas de letras y ha sido extraída de todas las dietas infantiles.

...Bueno...Apenas tengo 25, así que dada la pesadez del tema (y para no asustar a nadie), dejaré esta encrucijada inconclusa, pondré la cuestión en manos de algún tribunal divino y me dedicaré a disfrutar plenamente de estos años de salarios libres de rentas y facturas, de responsabilidades superficiales y de relaciones sin pañales.

Creo que por ahora seguiré tomándome juiciosa la pastillita.

miércoles, 27 de enero de 2010

De mis fiestas patronales.




Ultimamente se me anda saliendo el pueblo por los poros.


...Aunque no siempre fue así...

Cuando estaba chiquita siempre me avergonzó no haber nacido en Bogotá como todas las niñas con las que estudié en el colegio; me avergonzaba haber nacido en un pueblo cuyo nombre nadie había escuchado antes y sobre todo me apenaba tremendamente que mis amigas se burlaran de mi cuando me oían hablar por teléfono en mi mejor acento costeño/sabanero con mi empleada del servicio quien, por supuesto, es de un pueblo vecino al mío.

Cada vez que alguien me preguntaba dónde nací, yo vacilaba un poco antes de dar la respuesta, pequeñas gotas de sudor me inundaban las palmas de las manos y entre sonidos guturales lo escupía finalmente: "yo nací en Cereté"...

A esto siempre seguía un ¿¿¿¿¿¿¿ dóóóóóóóndddeee?????? que calaba en mi cerebro con todos sus ecos y retumbaba en mi pendeja reputación como un letal campanazo.
Acto seguido me ponía siempre en la tarea de explicar con lujo de detalles la ubicación geográfica, piso térmico, altura sobre el nivel del mar y particularidades culturales de mi tierra natal, lo que se traducía en: es el segundo pueblo más grande y próspero (esto último se dice sólo por amor) del departamento de Córdoba, con una temperatura promedio de 35º a la sombra, dependiente de la ganadería y la agricultura, y por supuesto, tierra de corralejas y porros sabaneros, de vallenato endemoniado y mujeres carnuditas (cabe aclarar que, en la sociedad en la que me crié, la idea de un porro sabanero resultaba igual o más exótica y suscitaba aún más preguntas, que el mismo nombre de mi tierra).
Después con elevados aires de poetisa afirmaba: "Cereté tiene mucho de Macondo y Macondo tiene mucho de Cereté".

Yo no nací en Cereté por casualidad, ni por cosas del destino, sino porque así debía ser. Toda mi consanguinidad materna pertenece a esas tierras sabaneras.
No sé por qué a mis padres les pareció un buen plan irse a vivir a un pueblo (después de haber vivido todas sus vidas en ciudades) y parirme allá. Los avances de la ciencia cereteana fueron los responsables de que yo haya nacido con un día de atraso y de que el primer tramo de la cesárea se haya trazado en la panza de mi santa madre sin una gota de anestesia.

Toda mi infancia estuve avergonzada de mis raíces, pero gracias a que crecí en Bogotá pude disimular mi naturaleza pueblerina y penetrar con naturalidad en todos los círculos sociales. Mi figura lánguida, ojerosa y mi falta de carnes, me ayudaron a parecer oriunda de cualquier otro lugar. Aprendí a hablar como todas las niñas "bien" de la ciudad, y adopté con destreza todos los ademanes y gestos de alguien que nació en la Clínica del Country.

Sin embargo bastaba con entrar por la puerta de mi casa para darse cuenta de mis coloquiales costumbres, empezando por la Kola Román como única bebida en la mesa, el arroz con pollo servido con un banano recién pelado, la chicha de corozo en la nevera, los bollos de maíz, las galletas de pueblo (de limón), la pulpa de tamarindo y todas las encomiendas que generosamente enviaban mis parientes desde Cereté.

Pero fue sólo hasta hace unos años que logré quitarme esa tremenda idiotez de encima. A medida que pasó el tiempo logré despojarme de ese complejo tan imbécil con el que me crié.
Aunque mis caderas nunca se ensancharon como las de las costeñas, mis boobies no crecieron jugosas y encerradas en ropa apretada, y aunque todavía prefiero el silicio antes de ir a un concierto de vallenatos; ahora sé que la dosis de pueblo que viaja por mis venas puede resultarme muy útil si la dejo correr con cautela por mi vida. Es cuestión de sacarle el provecho necesario, explotar eso de la malicia, sentir placer en el sofoco, soñar con siestas milenarias, hacer del mecedor un trono y del abanico el mejor de los amigos.

Carajo, qué lindo.


La próxima vez que alguien me pregunte dónde nací, lo diré con cojones, recitaré un verso de mi paisano Gómez Jattin y cantaré esa canción de Lisandro Mesa que dice:

"Con un guayabo llegué a la Yé, emparrandado a Sahagún yo entré y las muchachas como lloraban, cuando me fui para Cereté".



lunes, 18 de enero de 2010

La venganza de los Nerds "Reloaded"


No suelo dar muchas quejas con respecto a la moda, porque generalmente voy flotando en sus tibias corrientes, untándome de cuanta cosa sale nueva y cambiando mi armario a la velocidad con la que cambia el ímpetu de los diseñadores.
Sin embargo, hace unos meses, mientras disfrutaba de mi plácido viaje río abajo, me tropecé con una bandada de "gafufos" que por poco me hacen salir huyendo de las aguas plateadas para nunca más bañarme en ellas.
Al principio creí que eran sólo una manada de nerds sueltos de madrina, que se multiplicaban como conejos bailando en las discotecas con sus enormes gafas de marco negro. Me pregunté si serían discípulos de Woody Allen, o tal vez de Le Corbusier, así justificaría el origen de esos inmensos lentes, con un argumento razonable (no me pareció tan descabellado pensar que alguien rinda homenaje a otra persona usando sus mismas gafas. Al fin y al cabo todos los mamertos de la universidad pública siempre han rendido homenaje a Lennon usando esas gafas perfectamente redonditas) pero no encontré justificación para semejante payasada.

Lo que pasa es que no entiendo este nuevo concepto de nerds - basura, es decir todos los bobitos y pendejitas que usan estas gafas andan vomitando aguardiente en cada esquina, moviéndose como rockstars en las mejores discotecas y claramente, ninguno pertenece a algún club de álegbra o ajedrez.
También los hay middle age: los gafufos más creciditos generalmente pertenecen a ese odioso gremio de fotógrafos, "artistas" y figurines colombianos que con poca humildad y mucha arrogancia se riegan en prosas "conceptuales" para hacerse notar. Me pregunto si a través de semejantes gafas estos personajes no alcanzan a ver que quienes hacen arte de verdad, son los que menos se visten como artistas. (esto lo leí en algún lado, estoy parafraseando una idea que me encantó).

Además de causarme repelencia, debo aceptar que me divierte en cierto grado malicioso ver a esos gafufos re flacos que se ahorcan abotonándose la camisa hasta el cuello y usando esas corbatitas como las del cantante de The Killers (sólo a él se las perdono, no por buen cantante, sino por churrote), bailando a sus anchas, orgullosos de llevar las gafas que robaron a sus abuelos. Y aún más divertido es ver a las niñas gafufas que seducen a cualquiera mirando por encima del marco, haciéndose las torpes, torciendo los pies cuando les toman fotos. Pareciera que tuvieran su propio manual de seducción, en el que las grandes gafas de marco negro son más efectivas que cualquier labio rojo o escote profundo.

Yo todavía no logro comprender del todo cómo es que pudo haberse propagado tanto esta moda nerd, si en mis tiempos ser gafufo era un motivo de rechazo. Llevar esas grandes gafas de marco negro era símbolo de una pobre vida, que sólo encontraba refugio en los clubs de fans oficiales de Star Trek y en los rincones más oscuros de todas las fiestas, a donde no llegaba ni el sonido de la música. Pero parece que ahora ser nerd es de lo más popular.

El otro día intenté ponerme unas de esas grandes gafas de marco negro, a ver si me hacían lucir como si acabara de ver una maratón de Wong Kar Wai, o como si hubiera estado oyendo Sigur Ros por horas, pero lo único que conseguí fue una versión atontada de mi misma. Me veía total y absolutamente boba.

Creo que eso de ser nerd for free, definitivamente no va conmigo.

miércoles, 6 de enero de 2010

"Su solicitud de visa ha sido denegada"

Ser colombiana nunca me había molestado antes. De hecho desde niña siempre disfruté las bondades de la sangre caribeña, bailando prodigiosamente la cumbia cienaguera en las presentaciones del colegio y desayunando con níspero y zapote todas las mañanas de mis vacaciones.
Ser colombiana me trajo uno que otro admirador durante un summer camp en Toronto, en donde los canadienses me miraban como si fuera un animalito de contrabando y despertó el interés de otros buitres y aves de rapiña cuando viví en Buenos Aires. A mi desorbitado ego le sentaba muy bien la colombianidad.

Pero un día decidí viajar a europa y entonces quise vaciarme las venas para llenarlas con sangre de otro país.

No entiendo a qué se refieren quienes afirman que la peor desgracia de un colombiano es la violencia y de ahí todo lo que desencadena, que no me voy a poner a repetir aquí. No lo entiendo, porque hace poco me dí cuenta que la peor desgracia de un colombiano es tener que pedir una visa (sólo hay 15 países en el mundo que no exigen visa a los colombianos)

Decidí pedir una visa Schenguen por intermedio del consulado Español. GRAVE ERROR.
Es mi castigo por leer el periódico sólo cuando me ataca la aburrición. Si lo leyera a diario sabría que más de la mitad de los colombianos que logran ir a España son incubadores de todo tipo de delitos y malas mañas.
Así que llegué al consulado Español en Bogotá, con una atadura de nudos en el cuello gracias a todos los papeles que tuve que reunir en pocos días, y me ví rodeada de toda clase de personajes, en su mayoría de esos que se pueden encontrar retratados en los carteles de "Se Busca". Sentí inseguridad, pero había ordenado mis papeles con un cuidado inusual, así que me tranquilicé.

la funcionaria, una española amable pero bastante impaciente, recibió mis papeles, los ojeó y mientras fruncía el ceño, comencé a sospechar que algo andaba mal. Miré a mi novio, a quien la señora interrogaba con malicia acerca de sus viajes a Rusia, y él estaba igual de confundido. (Luego nos reímos de esas preguntas, pensando que lo habrían tildado de físico cuántico o comunista).

La vieja nos miró con un dejo de sobradez y nos pidió que regresáramos en 8 días para conocer el veredicto del consulado.

Durante esos días hice toda clase de ejercicios mentales de esos que me enseñó mi sicólogo para convencerme de que la respuesta sería positiva. De hecho fui muy honesta con mis papeles, declaré mis ingresos, mostré mis cartas laborales y demás exigencias. Estaba hasta orgullosa de mi corta historia bancaria y de toda la plata que ahorré llevando el almuerzo en porta - comidas a la oficina.

A los 8 días volví al consulado español. A medida que ancianitas, delicuentes y puticas recibían sus veredictos, me sudaba la parte de atrás de las rodillas y las dudas bajaban como truenos por mi panza. "Su solicitud de visa ha sido denegada" nos gritó el encargado antes de que pudieramos llegar si quiera a su puesto. Nos recitó nuestros derechos como si nos acabaran de condenar a cadena perpetua y como premio de consolación dejó abierta la oportunidad de apelar.

Apelar mi trasero.

Lo que más me molesta de todo esto, además de haberme quedado sin vacaciones y haber perdido 400 euros en pasajes de Madrid a París y Barcelona; es lo que pensé cuando el gordo del consulado nos rechazó: Quisiera haber nacido en otro país. Qué dolor, hasta ahora mi colombianidad me había hecho ganar muchos puntos, pero esta vez todo fue una gran pérdida. Maldije a mi patria, quise quemar mi bandera, y despotriqué contra ese ancestro, general del ejército español que en las épocas de la colonia vino a parar a esta tierra para regar por toda ella las semillas de mi ascendencia.

Pospuse el viaje para el próximo verano europeo, pero estoy pensando, que en vez de volver a pedir la visa, sería más fácil construir una réplica del navío de la Santa María y atravesar el atlántico a punta de vela, hasta llegar allá.

Al fin y al cabo el papeleo y la marea dan las mismas ganas de vomitar.

martes, 5 de enero de 2010

Contra el Horóscopo

Texto escrito por mí y editado por N. Vallejo para la revista LEVEL.

...

Aunque es difícil creerlo, en el mundo hay gente que no sale de casa sin leer el horóscopo. Bueno, existen otros que no salen de casa sin mirar el Weather Channel, pero ese es útil, por lo menos para ahorrarse un gran catarro.

El club de fans y devotos del horóscopo es grande, muy grande.

Más grande que el de las galletas de la fortuna.

Y es que confiarle la suerte a un puñado de estrellas suena hasta más sensato que depositar nuestra poca fe en un Todopoderoso. Para acceder a las revelaciones astrales al menos no hay que darse golpes de pecho ni peregrinar de rodillas por caminos pedregosos. Tampoco hay que pagar mucho –a menos, por supuesto, que se haya caído en las tenazas de Walter Supermercado–: tan solo basta con abrir de par en par el periódico de la mañana, prender la tele, buscar por Internet o inscribirse a uno de esos servicios que envían los secretos astrológicos a diario a cualquier teléfono celular.

Un consejo vale nada más 99 centavos de dólar.

Sí, es más sencillo dejar la vida en manos de las constelaciones.

…

El típico horóscopo está escrito en términos tan generales que lo mismo podría funcionar para determinar la vida de una vaca en el campo. De una vaca Sagitario. Ya me imagino a los redactores encargados de garabatearlo, expertos astrólogos atentos a la bóveda celeste, interpretando la escritura de los cielos.

Sí, claro.

Los dueños del negocio saben que el hombre promedio suele estar necesitando un asidero firme en este mundo que siempre se le presenta tan abismático. Ellos saben que una lectura tan genérica no basta, que la gente necesita una guía más concreta que el simple “Velas blancas, muchas velas blancas”, y por eso siempre están dispuestos a ofrecerle una lectura más personalizada: y claro, entre más pague, tendrá información más detallada sobre esa mujer que está detrás de su marido, sobre el negocio que le espera a la vuelta de la esquina, sobre qué echarle a la sopa, sobre dónde poner su plata.

Ay, Dios.

Y es que nada resulta más tentador que husmear en el único terreno que se nos está verdaderamente vedado: el futuro, ni nada más práctico que organizar nuestra vida según lo dicten los astros. Que como soy Tauro entonces nací para reproducirme. Que si somos Aries entonces no nos convienen los Capricornio. Que esa es Piscis entonces se orina en la cama. Que ese es Sagitario entonces es tarado. Que como ese es Leo entonces y los Leo son muy “artistas” entonces no me sirve para este trabajo. No contentos con los de siempre, ahora tenemos otra categoría de prejuicios: los zodiacales.

Vaya…

Según la pseudociencia zodiacal, cada carácter está determinado por la fuerza que los astros ejercen sobre él. En ese orden de ideas, si a usted le da por robar un banco, por pegarle a su mujer o por salir a la calle sin ropa, no es realmente su culpa: es culpa del cielo. Así las cosas, los delincuentes deberían utilizar el horóscopo como argumento de defensa. De esta manera, en los juicios no sería extraño escuchar declaraciones como “¿Y yo qué culpa? Soy Mercurio Señor Juez”.

Entre los pliegues del espacio también se ocultan nuestras mediocridades.

…

Hay personas que consultan el horóscopo para elegir desde su carrera hasta en qué lado de la cama dormir. Hay quienes no se cortan el pelo si la luna no está en cuarto menguante. Hay quienes dejan sus faenas sexuales para cuando su astro esté en su punto dominante. También, por supuesto, existen aquellas que no se atreven a pisar el altar si su pareja no es de un signo compatible. Así es. Casos se han visto de novias que rechazan el anillo con frases como: “Lo siento, Lázaro, pero para casarnos te tocaba nacer de abril 19 a mayor 21”.

Lo que llaman “fatalidad”.

Hay cánceres que no se casan con escorpiones. Rounds a muerte entre tenazas y aguijonazos. Hay primeras citas frustradas por una pregunta clásica. Y es que ese “¿Qué signo eres?” puede ser tan fatal como las sentencias de ese hombre con cara de señora llamado Walter. Peor aún cuando el interesado no pregunta, sino que, fiel a su olfato supersticioso, intenta adivinar nuestro signo para luego encasillarnos y anularnos: “Tú debes ser Aries, ¿verdad? Los Aries suelen ser así: inestables”.

Malditas sean las constelaciones y sus designios.

Si estás intentando seducir a alguien, toma nota: no saques a relucir tus dotes psíquicos y/o paranormales: ESPANTAN. Si quieres un novio o un trabajo o unos senos de silicona, no los busques en las estrellas.

Que si las estrellas son estrellas, es porque son caprichosas.

Miss Universo, la carcajada real

Texto escrito por mí y editado por N. Vallejo para la revista LEVEL.
...

En el fondo de esta fantasía de escarcha y lentejuela, hay un mundo de morbosa diversión, cien veces mejor que el Show de Cristina o que las telenovelas de Telemundo y Univisión. ¡Ja!

Por Lina Tono
Ilustraciones por John Giraldo

Miss Universo es un concurso que pretende elegir a la mujer más bella, no de este planeta, no de esta galaxia, sino de TODO el Universo. ¿No suena eso pretencioso? ¿Cómo saber que en otros horizontes no hay “mujeres” más hermosas que las nuestras? Ahora, si nos limitamos solo a las de la Tierra, ¿cómo decidirse entre una despampanante rusa con piernas de dos metros y piel de porcelana que tiene como hobbie es ser madre sustituta de ocho huerfanitos africanos, y una latina que está más buena que la mismísima Eva Longoria? ¿Cuál es el criterio de selección? Esta parece ser una tarea imposible, pero no: al final de la velada siempre hay reina. Y virreina y princesa y…

Vaya…

Pero bueno, no todo es negativo: al contrario.

He aquí algunas buenas razones para gozarse esta experiencia. Atención.

LA PRESENTACIÓN
Una por una salen las misses a presentarse ante el público, vestidas de lecheras, campesinas, bailarinas de polka, como si fueran los muñecos mecánicos de It’s a Small World de Disney. Algunas se adornan con plumas de aves en vía de extinción. Otras visten ponchos con bordados de ríos y valles y demás accidentes geográficos. La japonesa, por supuesto, viste kimono. Y luego llega el momento más sabroso, cuando abren sus bocas para emitir, en lo que parece ser inglés, locuciones como:

“Gudivnin’ mai neim is Yurleidi Kumbaya enai reprezen’ da biurifol condry ov Swazilandia"

Un momento... The what? ¿Acaso dijo “Swazilandia”?

Sí, los reinados siempre son una buena excusa para conocer países nuevos, algo así como una lección de geografía impartida por profesoras en bikini. Divertido, ¿no?

EL 90 – 60 – 90
Los procesos de latonería para esculpir el famoso 90-60-90 son varios. Entre otros procesos recomendados, podemos destacar la huelga de hambre, la anorexia, la bulimia, el quirófano… Lo curioso del asunto no es tanto esto, sino que,después de todos los esfuerzos, hay señoritas que simplemente no lo logran. Y no es que esto sea malo. La pregunta es: ¿cuál es el objeto de escoger una reina sobre medidas? ¿Es que no hay mujeres gruesas hermosas? ¿Es que no hay delgadas alucinantes? Como parámetro de belleza, el de Miss Universo –de nuevo, las paradojas de lo “universal”– está bastante limitado. Y es que hay que aceptarlo: el 90-60-90 es muy, pero muy aburrido.

LOS ACCIDENTES
Este episodio nunca falta en este tipo de ceremonias donde sobran los tacones, las escaleras y los mármoles falsos. Es gracioso ver cómo se les pixela la sonrisa a estos especímenes de Revlon y Max Factor, entrenados para nada más que para hacer cara de tarta, mientras se desmoronan, cual potro recién parido, desde las alturas de sus propios zapatos. Lo más cómico son los segundos posteriores al tropiezo: ver cómo intentan recomponer, en vano, las piezas del protocolo, mientras el mundo entero atestigua su fiasco. ¡Plop!

EL DESFILE EN TRAJE DE BAÑO
El momento más cuchi-cuchi de la noche. Aparte de que no hay nada más absurdo que una mujer en bikini y en tacones –¿acaso te vas a poner eso para ir la piscina o para la playa?–, resulta un poco curiosa la situación: el mundo entero evaluándole, literalmente, las carnes a las candidatas, como si la cuestión fuese una feria de ganado. Este es el único momento en el que los maridos del mundo entero tienen el permiso oficial de sus esposas para apreciarle el trasero a otra dama. ¿Y qué significan esos moretones en las pantorillas? ¡Por favor! Y a todas estas, ¿por qué no hay desfile en piyama?

EL DESFILE EN TRAJE DE GALA
Para reírse con ganas, hay que ponerse los lentes y ver en detalle esta parte del espectáculo: cuando la noche se convierte en una colorida fiesta de Halloween. Entonces aparecen pavos reales, Little –y no tan little– Mermaids, Helenas de Troya y hasta Walteres Mercado. ¿Y qué decir de las que se confunden de reinado y se visten como si fueran a desfilar en el del pueblo o en el del carnaval de la verbena? Todo un despliegue de lo que, en este caso, sería la “baja costura”. Por Dios: ¡que alguien llame a Lagerfeld!

LOS SHOWS
Entre cada uno de los segmentos que componen un reinado, se suele colar algún tipo de acto musical. Ahí hemos visto a Elvis “El masturbador aéreo” Crespo y a Chayanne, entre otras muchas damas y caballeros que suelen entonar sus himnos en estos certámenes, generalmente entre las misses que posan a su alrededor, quietas y aristocráticas como cisnes-estatua. Por supuesto, esta interpretación musical no es en vivo, por lo que, más gracioso aún, resulta observar la manera en que el artista intenta mantener su acto –y su peinado– en sincronía con su farsa.

LA RESPUESTA DEL MILLÓN
Nuestro momento favorito: la hora de responder a las preguntas del jurado. Aunque algunos afirman que “A preguntas tontas, respuestas tontas“, es difícil encontrarle explicación a respuestas como: “Confucio fue el chino-japonés inventor de la confusión”, cortesía de una reciente Miss Panamá. ¿Será que los apretados corsés bloquean la circulación, reduciendo el paso de oxígeno al cerebro? No lo sabemos, pero, afortunadamente, en este momento de la velada los trajes siempre serán apretados, para que podamos seguir disfrutando de las brillanteces de estas enciclopedias humanas.

LA EX
¿No debería estar triste una Miss Universo por dejar el trono? Mm… para nada. Luego de un largo año de estar sometidas a la engorrosísima rutina de visitar albergues de moribundos y centros de desahuciados, estas cenicientas están que botan la corona hace rato. Mientras desfilan por última vez con esa costosísima joya –cuyo valor más bien debería invertirse en obras sociales–, en sus frentes se puede leer clarito: “I’m done suckers!”. De ahí que el “adiós” de la soberanas no lo sea tanto; es, más bien, un “¡A Dios gracias!”

LAS PERDEDORAS
Uno de los momentos más espectaculares: la reacción de las que se quedan sin corona. Aquellas que pasan a la historia como las grandes derrotadas, recuerdo que, sin duda alguna, las atormentará toda la vida, causándole a muchas traumas irremediables. Mientras la ganadora llora a moco tendido, luciendo una corona torcida y una cara desangrada por el rimmel que se le escurre por las pestañas, las demás ladies sacan a relucir su alegría ficticia, como si la derrota no las afectara. Todas abrazan y apretujan a la nueva reina universal, haciendo un esfuerzo inhumano para que no se les note la envidia que les corroe las entrañas. A leguas se ve que mientras susurran su “Congatulations sweetie!”, lo que realmente quieren decir es: “I’m gonna kill you bitch!”.

MAROMAS DE LA CORONACIÓN
Una vez elegida la reina, bastantes son los malabares que hay que hacer para poner la inmensa corona en su pequeña cabeza. Primero lo intenta ella, pero la tembladera se lo impide, al igual que su afro, el ramo de flores y el cetro y la uña falsa. Y el llanto. Luego la auxilian las princesas y nada. Entonces acuden las chicas de protocolo, los presentadores y Walter Mercado, y cuando finalmente logran coronar entre todos a la reina, los fotógrafos disparan. Al otro día, las primeras páginas de los diarios del mundo entero la presentan: “Universo: esta es tu nueva soberana”. ¿Esa loca llorona y despeinada?

Y ahora, ¿quién podrá salvarnos?